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sábado 10 de mayo de 2008

Pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y éste crucificado.



Sermón predicado el Domingo 31 de Octubre de 1875
por Charles Haddon Spurgeon

"pues nada me propuse saber entre vosotros, excepto a Jesucristo, y éste crucificado".
(1Co 2:2)
Pablo era un hombre de mucha determinación: todo lo que emprendía lo llevaba a cabo con todo su corazón. Si le oías decir "yo me he propuesto…", podías estar seguro de un vigoroso curso de acción. "Pero una cosa hago" era siempre su lema. La unidad de su alma y una poderosa determinación eran los principales rasgos de su carácter. Había sido antes un gran opositor de Cristo y de Su cruz, y había mostrado su oposición mediante feroces persecuciones.

No era de sorprender que cuando se convirtió en un discípulo de este mismo Jesús al que había perseguido, lo hiciera de manera ardiente y pusiera todas sus facultades al servicio de la predicación de Cristo crucificado. Su conversión fue tan notable, tan completa y total, que es natural verlo tan lleno de energía por la verdad como antes había sido su violento enemigo. Un hombre tan íntegro como era el apóstol Pablo, tan completamente capaz de concentrar todas sus fuerzas, tan enteramente entregado a la fe de Jesús, tenía que incorporarse a Su causa con todo su corazón y su alma y su fuerza, dispuesto a no saber de nada más, excepto de su Señor crucificado.

Sin embargo, no piensen que el apóstol era un hombre al que fácilmente absorbía un solo pensamiento. Por encima de la mayoría de los hombres, Pablo era alguien que razonaba, calmado, juicioso, franco y prudente. Veía las implicaciones y las relaciones de las cosas y no daba importancia a los asuntos triviales. Tal vez, aun más allá de lo que fuera perfectamente justificable, llegó a ser todo para todos, para de todos modos salvar a algunos y, por tanto, cualquier resolución que tomara, la tomaba sólo después de consultar con la sabiduría. Pablo no era un fanático del tipo que puede ser comparado a un toro que cierra sus ojos y embiste de frente, sin ver nada de lo que está a su derecha o a su izquierda; él veía con calma, con quietud, todo lo que estaba a su alrededor, y aunque al final se lanzaba en línea recta hacia su objetivo, lo hacía con sus ojos bien abiertos, sabiendo perfectamente que lo que hacía, era lo mejor y lo más sabio en favor de la causa que quería promover.

Si, por ejemplo, en Corinto se hubiera requerido que su ministerio comenzara con la proclamación de la unidad de la Deidad o con la reflexión filosófica acerca de las posibilidades de que Dios se encarnara; si éstos hubieran sido los planes más sabios para dar a conocer el reino del Redentor, Pablo los hubiera adoptado. Pero él los consideró detenidamente, y una vez que los examinó con sumo cuidado, concluyó que nada se podía conseguir con una predicación indirecta, presentando la verdad a medias. Por tanto, decidió proseguir de frente promoviendo el Evangelio mediante la proclamación del Evangelio. Ya fuera que los hombres escucharan o que se abstuvieran de escuchar, resolvió ir al grano de una vez y predicar la cruz en su desnuda simplicidad. En vez de saber muchas cosas que lo podían conducir al tema principal, no quiso saber nada en Corinto, sino a Jesucristo, y a él crucificado.

Pablo pudo haber dicho: "Voy a tantear el terreno y educar a la gente hasta una determinada medida antes de presentar mi tema más importante; descubrir mi verdadera intención desde el principio puede resultar como el despliegue de la red a la vista de los pájaros, lo cual no hace sino ahuyentarlos. Seré precavido y reticente y los llevaré con astucia, atrayéndolos a la búsqueda de la verdad." Pero no fue así: evaluando completamente la situación como un hombre prudente debe hacerlo, llega a esta decisión: que no sabrá nada entre ellos excepto a Jesucristo, y a él crucificado.

Sería muy bueno que la "cultura" de la que escuchamos en estos días y el tan celebrado "pensamiento moderno" llegaran a la misma conclusión. Este teólogo tan renombrado y erudito, después de leer, tomar notas, aprender y asimilar internamente todo como pocos hombres podrían hacerlo, llegó a esto como la esencia de todo: "Me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a él crucificado."

Quiera Dios que la habilidad crítica de nuestros contemporáneos y sus laboriosas invenciones los lleven a esa misma conclusión, por la bendición del Espíritu Santo.

I. Nuestra primera consideración esta mañana será: ¿CUÁL ERA ESE TEMA QUE PABLO CONSIDERÓ CON EXCLUSIÓN DE TODO LO DEMÁS CUANDO PREDICABA A LA IGLESIA DE CORINTO? Ese tema era uno, aunque muy bien pudiera ser dividido en dos: era la persona y la obra de nuestro Señor Jesucristo, poniendo especial énfasis en aquella parte de Su obra que siempre se enfrenta a las mayores objeciones, es decir, Su sacrificio sustitutivo, Su muerte redentora. Pablo predicaba a Cristo en todos Sus oficios, pero daba particular importancia a Cristo crucificado.

El apóstol primeramente predicaba sobre la persona de su grandioso maestro, Jesucristo. Cuando Pablo hablaba de Jesús de Nazaret, no había ningún margen de duda. Lo presentaba como un hombre real -y no un fantasma- que fue crucificado, muerto y sepultado, y que resucitó de los muertos con una existencia corporal real. Tampoco había ninguna duda acerca de Su Divinidad. Pablo predicaba a Jesús como el Hijo del Altísimo, como la sabiduría y el poder de Dios, "en el que habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad". Al escuchar a Pablo, no existía ninguna duda que creía tanto en la divinidad como en la humanidad de nuestro Señor Jesucristo, y le rendía culto y lo adoraba como al Dios verdadero del Dios verdadero. Predicaba Su persona con toda claridad de lenguaje y con amor cálido. El Cristo de Dios era todo en todo para Pablo.

El apóstol hablaba igualmente con toda claridad del trabajo del Redentor, poniendo especial énfasis sobre Su muerte. "¡Horrible" -decía el judío-, "cómo puedes presumir acerca de un hombre que murió como un criminal y era maldito ya que fue colgado de un madero!" "¡Ah" -decía el griego- "no queremos saber más de un Dios que murió! Ya deja de hablar acerca de la resurrección. Nunca vamos a creer en semejante locura."

Sin embargo, Pablo no hizo de lado estas cosas diciendo "Señores, comenzaré por contarles la vida de Cristo y la excelencia de su ejemplo y mediante esto espero convencerlos de que había algo de divino en Él, para posteriormente concluir que hizo una expiación por el pecado." Todo lo contrario, empezaba con Su bendita persona y claramente lo describía según había sido enseñado por el Espíritu Santo, y en cuanto a la crucifixión, la ponía en primer plano, dándole el lugar de prominencia. No decía: "Bien, por lo pronto no tocaremos el tema de su muerte" o "Lo consideraremos desde la perspectiva de un martirio mediante el cual Él ratificó su testimonio", sino que se gloriaba en el Redentor crucificado, el Cristo muerto y sepultado, el Cristo que cargó con los pecados, el Cristo hecho maldición por nosotros, como está escrito: "Maldito todo el que es colgado en un madero." Éste fue el tema en que se concentró en Corinto: y no tocó ningún otro. Más aún, no solamente decidió limitar su predicación a ese punto, sino que resolvió no saber de ningún otro tema; quería excluir de su mente cualquier otro pensamiento, excepto el de Jesucristo y Él crucificado.

Esto debió de parecer muy poco político. Consúltenlo en una asamblea de sabios según el mundo, y seguramente condenarán este enfoque imprudente; en primer lugar, este tipo de predicación alejaría a todos los judíos. Estando los judíos apegados a las Escrituras del Antiguo Testamento y conociendo las enseñanzas acerca del Mesías y creyendo firmemente en la unidad de la Deidad, ellos habían avanzado un buen trecho hacia la luz, y si Pablo hubiera evitado los puntos de discordia por un poco de tiempo más, ¿no los habría acercado un poco más y así, gradualmente, los conduciría a la cruz? Los sabios habrían señalado la esperanza que había para los israelitas, si se les trataba con discreción, y su consejo habría sido: "No te pedimos que renuncies a tus sentimientos, Pablo, simplemente disfrázalos un poco de tiempo más. No digas lo que no es verdad, pero, a la vez, puedes decir sólo parte de la verdad para no espantar a estos judíos llenos de esperanza."

El apóstol no cedía ante tales políticas; no iba a ganar ni a judíos ni a gentiles diciendo verdades a medias, puesto que sabía que tales convertidos no son verdaderos. Si el hombre que está cerca del reino va a ser ahuyentado del Evangelio al oír la cruda verdad, no es la responsabilidad de Pablo; él sabe que el Evangelio debe de ser a los unos "olor de muerte para muerte", mientras que a los otros "olor de vida para vida" y, por lo tanto, independientemente del resultado, él debía entregar su propia alma: los resultados no le correspondían a él, sino al Señor.

A nosotros nos corresponde decir la verdad con denuedo, y en cada caso seremos olor grato a Dios; pero querer contemporizar esperando obtener conversiones, es hacer un mal para obtener un bien, y esto debe estar fuera de nuestra consideración en todo momento. Otro diría: "Pero Pablo, si tú haces esto, vas a generar oposición. ¿No sabes que el Cristo crucificado es un objeto de escarnio y un reproche para todos los seres pensantes? En Corinto hay un buen número de filósofos y, créeme, harás el ridículo de manera monumental con sólo que abras tu boca para hablar del Crucificado y de Su resurrección. ¿No te acuerdas cómo se burlaron de ti en la Colina de Marte, cuando predicaste sobre ese tema? No los provoques a desprecio. Debate con su gnosticismo y muéstrales que tú también eres un filósofo. Sé todo para todos, sé un intelectual entre los intelectuales y muestra tu retórica entre los oradores. Mediante estas técnicas harás muchas amistades y así gradualmente tu conducta conciliatoria los conducirá a aceptar el Evangelio." El apóstol sacude su cabeza, su pie golpea el suelo y con voz firme declara: "Ya lo he decidido" -dice-, "he llegado a una conclusión, están desperdiciando sus comentarios y su consejo en lo que a mí concierne; he decidido no saber nada en medio de los corintios sin importar cuán cultos sean los que son gentiles allí o cuánto amen la retórica; sólo quiero saber de Jesucristo, y él crucificado." Ésa es la posición de Pablo.

Es muy importante observar adicionalmente que el apóstol estaba convencido que su tema iba a atraer de tal manera a sus oyentes, que no necesitaba recurrir a la excelencia de palabras para presentarlo ni adornarlo con sabiduría humana. Tal vez han escuchado ustedes del famoso pintor que pintó al rey Jaime I. Lo representó sentado bajo una enramada con todas las flores de la estación a su alrededor y nadie prestó la menor atención al semblante del rey, puesto que todas las miradas eran cautivadas por la belleza de las flores. Pablo resolvió no tener flores a su alrededor, sino que el cuadro que él iba a dibujar debía ser de Cristo crucificado sin adornos y la doctrina de la cruz, con la exclusión de cualquier flor que proviniera de poetas o de filósofos.

Algunos de nosotros debemos ser discretos acerca de nuestra resolución de evitar un lenguaje florido, ya que podemos ser muy poco dotados al respecto; pero el apóstol era un hombre de poderes naturales sutiles y de amplios logros, un hombre al que no podrían despreciar los críticos de Corinto. Sin embargo, Pablo se despojó de todo ornamento para dar paso a la belleza sin adornos de la cruz.

De la misma manera que él no agregaría flores, tampoco iba a ennegrecer la cruz con humo: pues hay una forma de predicar el Evangelio que lo asfixia en el misterio y la duda, de tal manera que los hombres no pueden entenderlo. Un grupo numeroso de personas está siempre calentando y removiendo un gigantesco caldero filosófico, humeante con un denso vapor, que oculta a la cruz de Cristo de la manera más horrible. ¡Ay de aquella sabiduría que oculta la sabiduría de Dios! Es la forma más culpable de locura. Algunas personas predican a Cristo de la misma manera que es representado, a veces, un buque de guerra en alguna pintura. El pintor ha plasmado únicamente el humo de tal forma que te preguntas: "¿Y dónde está el barco?" Pues bien, si revisas con detenimiento, puedes eventualmente discernir un fragmento de la parte superior de uno de los mástiles y, tal vez, una porción de su estructura; el barco estaba allí, indudablemente, pero el humo lo ocultaba.

De la misma manera Cristo puede estar en la predicación de algunos hombres, pero esta predicación se encuentra rodeada de tanta nube de pensamiento, de tan densa cortina de profundidad, de tan horrible ropaje de filosofía, que te impiden ver al Señor. Pablo pintaba bajo un limpio cielo. No quería utilizar ninguna oscuridad ilustrada; decidió abandonar cualquier técnica de la oratoria cuando hablaba; no pensar con la profundidad que presumen los filósofos, sino sólo saber de Jesucristo, y él crucificado, y presentarlo en Su propia belleza natural, sin adornos. Prescindió de todo elemento accesorio que tendiera a distraer el ojo de la mente del punto más importante: Cristo crucificado.

"Un experimento imprudente", diría alguien. ¡Ah!, hermanos, es el experimento de la fe, y la fe es justificada por sus hijos. Si confiamos en el simple poder de persuasión, confiamos en lo que es nacido de la carne; si dependemos del poder de la argumentación lógica, entonces nuevamente confiamos en lo que es nacido de la razón del hombre; si confiamos en las expresiones poéticas y en los atractivos giros del lenguaje, estamos buscando medios carnales; pero si descansamos en la omnipotencia desnuda de un Salvador crucificado, en el poder innato de la maravillosa obra de amor que fue consumada sobre el Calvario, y creemos que el Espíritu de Dios hará de esta obra el instrumento de la conversión de los hombres, el experimento no puede terminar en el fracaso.

¡Oh, queridos hermanos, qué tarea debe haber sido esta para Pablo! Él no era como algunos de nosotros, que ni estamos familiarizados con la filosofía ni somos capaces en la oratoria. Él dominaba ambos campos de tal manera que seguramente necesitaba controlarse continuamente.
A veces me parece verlo, acosado en su mente por un pensamiento profundamente intelectual y asediado a la vez por una bella forma de expresarlo, y lo veo controlarse poniéndose riendas él mismo y diciendo a su mente: "Dejaré estos profundos pensamientos a los romanos, compartiré esto con ellos en el capítulo octavo de la carta que les escribiré; pero en cuanto a estos corintios, no tendrán nada sino a Cristo crucificado, puesto que son muy carnales, crudamente esclavos del talento, y se irán con la idea de que la excelente manera en que presenté la verdad constituyó su fuerza. Tendrán a Cristo solamente, y solamente a Cristo. Ellos son unos niños y como a tales tengo que hablarles; ellos son unos niños en Cristo, y tienen necesidad de leche y yo tengo que darles sólo leche. Ellos se consideran inteligentes y cultos; son arrogantes, altaneros, repletos de divisiones y controversias; no les diré nada excepto la historia, "la vieja, vieja historia de Jesús y de su amor", y les diré esa historia con toda simpleza como a un niño chiquito. Un amor sin límites hacia sus almas hizo que enfocara su testimonio hacia el tema central de Jesús crucificado.
Así les he mostrado cuál era su tema. II. Ahora, en segundo lugar, AUNQUE PABLO CONCENTRABA SUS ENERGÍAS EN UN PUNTO DE SU TESTIMONIO, ESTO ERA MÁS QUE SUFICIENTE PARA SU PROPÓSITO. Si la meta del apóstol hubiese sido halagar a un auditorio inteligente, el tema de Cristo y Él crucificado no lo habría logrado. Si de igual manera Pablo hubiera querido mostrarse como un sabio maestro, naturalmente habría buscado un tema nuevo, algo un poco más deslumbrante que la persona y la obra del Redentor. Y si Pablo hubiera deseado (como me temo que algunos de mis hermanos lo desean) reunir a un grupo de mentes altamente independientes, que es una manera elegante de describir a los libre-pensadores; reunir, digo, en un grupo a una selecta iglesia de hombres de cultura y de intelecto, que generalmente quiere decir un club de hombres que desprecian el Evangelio, ciertamente no se hubiera ceñido a predicar a Jesucristo y Él crucificado.

Esta clase de hombres le negaría toda esperanza de éxito con un tema como ése. Ellos le asegurarían que una predicación de ese tipo sólo le permitiría atraer a la clase más pobre y menos educada, a las sirvientas y a las ancianas; pero Pablo no se habría desconcertado con tales observaciones, puesto que él amaba las almas de los más pobres y de los más débiles, y, además, él sabía que lo que había ejercido poder sobre su mente educada podía con toda certeza ejercer poder también sobre otras personas inteligentes, y así se apegó a la doctrina de la cruz, con la fe que tenía en el instrumento que podría lograr de manera efectiva su único designio con toda clase de hombres.

Hermanos, ¿qué era lo que Pablo deseaba hacer? Ante todo, Pablo deseaba despertar en los pecadores la conciencia del pecado. Y lo que logra esto de manera perfecta es la doctrina que el pecado fue llevado por Cristo y fue la causa de Su muerte. El pecador, iluminado por el Espíritu Santo, ve de inmediato que el pecado no es algo insignificante, que no puede ser perdonado sin una expiación, que conlleva un castigo que debe ser aplicado al pecador. Cuando el culpable ha visto al Hijo de Dios sangrar hasta Su muerte en medio de dolores indecibles a consecuencia del pecado, ha aprendido entonces que el pecado es una carga enorme y aplastante. Si el mismo Hijo de Dios clama bajo su peso, si Su agonía de muerte rasga los cielos y sacude la tierra, ¡qué terrible mal debe de ser el pecado! ¿Qué efecto tendrá sobre mi alma si en mi propia persona estoy condenado a llevar sus consecuencias? Así argumenta de manera correcta el pecador y así es llevado a la conciencia de su culpa.

Pero Pablo también quería despertar en las mentes de los culpables esa humilde esperanza que constituye el grandioso instrumento que lleva a los hombres a Jesús. Deseaba llevarlos a la esperanza de que se puede otorgar el perdón de manera consistente con la justicia. Oh, hermanos, Cristo crucificado es el único rayo de luz que puede penetrar la densa oscuridad de la desesperación, llevando el corazón arrepentido a esperar el perdón del justo Juez. ¿Acaso puede dudar el pecador que ha visto a Jesús crucificado? Cuando entiende que hay un perdón para cada transgresión, albergado en las heridas sangrantes de Jesús, ¿no se enciende de inmediato en su pecho la mejor clase de esperanza y es conducido a exclamar: "Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado"?

Pablo anhelaba mucho llevar a los hombres a una fe real en Jesucristo. Pero la fe en Jesucristo sólo puede darse por medio de la predicación de Jesucristo. La fe viene por el oír, pero ese oír tiene que ser en relación con el tema sobre el que descansa la fe. ¿Quieres tener creyentes en Cristo? Predica a Cristo. Las cosas de Cristo, aplicadas por el Espíritu, conducen a los hombres a poner su confianza en Cristo. Y eso no era todo. Pablo quería que los hombres abandonaran sus pecados, y ¿qué los podía llevar a odiar el mal de tal manera sino ver los sufrimientos de Jesús a causa de los pecados?

Nosotros conocemos el poder del sangrante Salvador que nos hace querer vengarnos del pecado. ¿Cuánta indignación, cuánto examen de conciencia, cuánta firme determinación, cuánto remordimiento amargo, cuánto arrepentimiento profundo no hemos sentido cuando hemos comprendido que nuestros pecados se convirtieron en los clavos, el martillo, la lanza, sí, los verdugos del Bienamado?

Y Pablo anhelaba formar en Corinto una iglesia de hombres consagrados, llenos de amor, conocedores de la abnegación, una nación santa, celosos en la realización de buenas obras. Y permítanme preguntarles, ¿qué más se le puede predicar a alguien para promover su santificación y su consagración, fuera de Jesucristo, quien nos ha redimido y así nos ha hecho siervos Suyos para siempre? ¿Qué argumento es más fuerte que el hecho de que no nos pertenecemos a nosotros mismos, puesto que hemos sido comprados por un precio?

Afirmo que Pablo tenía en Cristo crucificado el tema que correspondía a su objetivo; un tema que respondería al caso particular de cualquier hombre sin importar su nivel de degradación o su grado de cultura, y un tema que sería muy útil para los hombres en las primeras horas después de su nuevo nacimiento, e igualmente útil para cuando estuviesen listos a participar de la herencia de los santos en la luz. Pablo tenía el tema para hoy y mañana, y un tema para el siguiente año, pues Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Tenía en Jesús crucificado el tema adecuado tanto para el palacio del príncipe como para la choza del campesino, el tema para la plaza pública y para la academia, para el templo pagano y para la sinagoga.

Adondequiera que Pablo fuera, Cristo sería la sabiduría de Dios y el poder de Dios tanto para el judío como para el gentil, y esto, no sólo como una benéfica influencia, sino para la salvación definitiva de todo aquel que cree.

III. Pero debo proseguir al tercer comentario, que EL APÓSTOL NO PODRÍA CAUSAR DAÑO A NADIE AL LIMITARSE A EXPONER ESTE TEMA. Ustedes saben, hermanos, que cuando alguien se encasilla en un solo tema se vuelve muy fuerte en eso, pero se torna muy débil en otras áreas, de tal forma que el hombre de un solo pensamiento es descrito generalmente según el dicho: 'cada loco con su tema'. Pues bien, éste era el tema favorito de Pablo, pero era el tipo de tema en el que un hombre se puede concentrar sin lesionarse a sí mismo o a su vecino: seguirá siendo un hombre íntegro y completo, aunque se someta de manera total y única a este tema.

Pero déjenme decirles que Cristo crucificado es el único tema con esta característica. Permítanme mostrarles que esto es así. Ustedes conocen a una clase de ministros que predican doctrina y únicamente doctrina. Su modo de predicar se parece al conteo de los dedos de una mano: "uno, dos, tres, cuatro, cinco", y para variar: "cinco, cuatro, tres, dos, uno", siempre un conjunto de verdades determinadas y nada más. ¿Cuál es el impacto de este ministerio? Pues es, generalmente, formar una generación de hombres que piensan que lo saben todo, pero que en realidad saben muy poco: muy decididos y esto es positivo; pero muy estrechos, muy limitados, muy intolerantes, lo cual es negativo. No puedes predicar únicamente doctrina sin que tu mente se contraiga y contraigas la mente de tus oyentes.

Hay otros que predican experiencia únicamente. Son muy buenas personas; no los estoy condenando como tampoco a sus amigos, los predicadores doctrinales, aunque ellos también pueden causar daño. Algunos de ellos tocan únicamente las notas sombrías de la experiencia, diciéndonos que nadie puede ser un hijo de Dios, a menos que esté consciente del horrible carácter de su pecado innato, y gima cada día bajo el peso que le oprime. Hace algunos años escuchábamos bastante acerca de estas notas sombrías, aunque ahora hay menos abundancia de ellas. ¿Me equivoco al afirmar que esta enseñanza forma una raza de hombres que muestran su humildad, juzgando a todos aquellos que no pueden gemir de una manera tan grave como ellos?

Una nueva clase se ha levantado recientemente que predica acerca de la experiencia, pero su entonación se da en las notas altas de la escala. Ellos flotan muy arriba, pienso, al estilo de los globos. Sólo reconocen el lado brillante de la experiencia, sin querer enfrentar el lado oscuro y la muerte. Para ellos no existe la noche; elevan sus cantos en días de perpetuo verano. Han conquistado el pecado y se han ignorado a sí mismos. Bueno, eso afirman ellos, aunque nosotros no nos hubiéramos dado cuenta si no nos lo hubiesen dicho; al contrario, nos hubiéramos imaginado que tenían una muy enriquecida idea acerca de ellos mismos y de sus logros.

Espero equivocarme, pero nos ha parecido a algunos de nosotros, en recientes fechas, que el ego ha crecido de manera descomunal en algunos de nuestros hermanos; ciertamente sus prácticas y su predicación consisten en gran medida en declaraciones verdaderamente maravillosas acerca de su propia condición admirable. Me encantaría saber acerca de su progreso en la gracia, si acaso éste es real; pero yo quisiera verificar esto personalmente o comprobarlo por medio de terceros, puesto que hay un inspirado proverbio que dice: "Deja que otros te alaben, mas no tus propios labios."

En lo que a mí respecta, si alguien considerara adecuado alabarme, preferiría que guardara su lengua, porque el engrandecimiento de los hombres no es un buen negocio. Únicamente el Señor debe ser engrandecido. Me parece que es claro que se originan graves fallas en el hecho de predicar una vida interior, en lugar de predicar a Cristo, que es la vida misma.

Otra clase de ministros han predicado casi sólo sobre preceptos. Necesitamos a estos hombres como también necesitamos a los otros; todos son útiles y funcionan como antídoto los unos contra los otros, pero sus ministerios son incompletos. Si escuchan predicaciones acerca de deberes y mandamientos, está muy bien, pero si ése es el único tema, la enseñanza se torna legalista a la larga; y en poco tiempo el verdadero Evangelio que tiene el poder de hacernos cumplir el precepto, es desplazado a un segundo plano, y ni el precepto puede ser cumplido después de todo. Tienen que hacer esto, tienen que hacer aquello, tienen que hacer lo de más allá y terminan por no hacer nada. Si un hermano pretendiese predicar sobre ordenanzas únicamente, como aquellos que siempre están ensalzando lo que se conoce como los santos sacramentos -bien, ustedes saben hacia dónde va esa enseñanza-, se encamina hacia el sureste, y su línea favorita atraviesa la ciudad de Roma.

Más aún, querido hermano, aun si predicas a Jesucristo únicamente, te debes concentrar en el punto en que se concentró Pablo, esto es, "él crucificado", ya que no lo debes ver bajo ningún otro aspecto exclusivamente. Por ejemplo, la predicación de la segunda venida, que en su lugar y proporción, es admirable, ha sido tomada fuera de su lugar por algunos, y se ha convertido en el fin último y en el todo de su ministerio. Eso, ustedes lo pueden ver, no es lo que Pablo había elegido, y no es una selección segura. En muchos casos, el más flagrante fanatismo ha sido el resultado de concentrarse exclusivamente en la profecía, y probablemente más hombres han enloquecido a causa de ese tema, que a causa de cualquier otra cuestión religiosa. Yo no sabría si alguien puede volverse fanático acerca de Cristo crucificado, pero nunca he escuchado nada al respecto. Si un hombre puede volverse loco por su amor hacia el Redentor crucificado, no lo sé, nunca me he encontrado con un caso así. Pero si yo me volviera loco, me gustaría que fuera por esa causa, y me gustaría transmitir esa locura a muchos, puesto que es el tema ideal para perder la razón: ser irrazonablemente absorbido en Cristo crucificado, perder el sentido por la fe en Jesús. La realidad es que no puede afectar la mente, es una doctrina que puede ser escuchada eternamente, y siempre tendrá frescura, será nueva y adecuada para nuestra total humanidad.

Digo que la adhesión a esta doctrina no puede causar ningún daño, y la razón es ésta: contiene todo lo que es vital en sí misma. Si te mantienes en el límite de Cristo y Él crucificado, habrás presentado a los hombres todo lo esencial para esta vida y para la venidera; les habrás dado la raíz de la cual puede brotar tanto la rama como la flor, y el fruto del pensamiento santo y la palabra y la obra. Basta que un hombre conozca a Cristo crucificado y conocerá a Quien es la fuente de vida eterna. Éste es un tema que no despierta una parte del hombre, mientras la otra parte permanece dormida; no estimula su imaginación y deja sin ninguna enseñanza a su juicio; no alimenta el intelecto y mata de hambre el corazón. No hay ninguna facultad de nuestro ser que no sea afectada permanentemente por Cristo crucificado. La humanidad perfecta de Cristo crucificado afecta la mente, el corazón, la memoria, la imaginación, el pensamiento, todo. Así como en la leche se encuentran todos los ingredientes necesarios para la vida, así en Cristo crucificado se encuentra todo lo que necesitamos para el sustento de nuestra alma. Así como la mano del músico principal de David tocaba cada una de las diez cuerdas de su arpa, así Jesús extrae una dulce música de toda nuestra humanidad.

En relación con predicar a Cristo exclusivamente, también debemos agregar que esta predicación nunca despertará rencores. Nunca saturará las mentes de los hombres con preguntas y contiendas, a diferencia de esos temas sutiles que prefieren tratar algunos hombres.

Cuando algunos temas son decididos por mi opinión y por tu opinión, y por la opinión de un tercero e incluso de un cuarto individuos, seguramente se va generar una contienda; pero el que se mantiene al pie de la cruz de Cristo, y se acoge a ella, está precisamente donde puede abrazar a toda la hermandad de verdaderos cristianos, puesto que todos estamos perfectamente unidos en una sola mente y en una sola opinión allí. No cabe gloriarse de la opinión del hombre en la cruz. "Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cristo", vienen por no apegarse a Jesús crucificado; pero si nos apegamos a la cruz como pecadores culpables que necesitan ser limpiados por medio de la sangre preciosa, y que encuentran toda su salvación en ese lugar, entonces no tendremos el tiempo para erigirnos como líderes religiosos y para causar divisiones en la iglesia de Cristo. ¿Ha existido alguna secta en la cristiandad generada por la predicación de Cristo crucificado? No, mis hermanos, las sectas son creadas por la predicación de algo muy por encima de esto, pero esto es el alma y la esencia del cristianismo, y por consiguiente, el vínculo perfecto de amor que mantiene a los cristianos unidos.

IV. No diré nada más, pero pasaré a mi última reflexión, que es ésta: Debido a que Pablo hizo de éste su único tema cuando estaba en Corinto, y no hizo ningún daño a nadie con este único tema, cosa que no podemos afirmar de ningún otro tema, LES RECOMIENDO QUE TODOS NOSOTROS HAGAMOS DE ESTE TEMA EL CENTRO DE NUESTROS PENSAMIENTOS, DE NUESTRA PREDICACIÓN Y DE NUESTROS ESFUERZOS.

Hombres y mujeres inconversos, a ustedes me dirijo en primer lugar. No tengo nada más que predicar para ustedes que a Jesucristo y a Él crucificado. Pablo sabía que había grandes pecadores en Corinto, ya que era costumbre en el mundo de entonces llamar a un hombre licencioso, 'un corintio'. Ellos eran un pueblo que llevaban la depravación y la lascivia a sus máximos excesos posibles, y, sin embargo, en medio de ellos, Pablo no sabía de nada excepto de Cristo y Él crucificado, ya que todo lo que el pecador más grande puede necesitar se encuentra allí.

No tienes nada en ti, pecador, y no tienes necesidad de nada que le lleves a Jesús. Me dices que no sabes nada acerca de las profundas doctrinas del Evangelio: no las necesitas conocer al momento de venir a Cristo. La única cosa que debes conocer es ésta: que Jesucristo, el Hijo de Dios, vino al mundo para salvar a los pecadores y cualquiera que crea en Él no perecerá, sino que vivirá eternamente. Me dará mucho gusto que recibas instrucción en la fe posteriormente, y que conozcas las alturas y las profundidades de ese amor que sobrepasa todo conocimiento, pero en este momento lo único que necesitas conocer es a Jesucristo crucificado, y si nunca pasas de allí, si tu mente es de una naturaleza tan débil que nunca puedas entender nada de mayor profundidad que esto, yo, por lo menos, no sentiré ninguna preocupación, ya que habrás encontrado lo que te librará del poder y del castigo del pecado, y lo que te llevará al cielo para estar donde ese mismo Jesús que fue crucificado se sienta en el trono a la diestra de Dios.

¡Oh, querido corazón abrumado por la pena, si quieres encontrar alivio, podrás hacerlo en sus heridas! Si quieres encontrar descanso, tienes que encontrarlo en las heridas de sus manos. Si quieres escuchar tu absolución, tiene que provenir de los mismos labios que pronunciaron dulcemente: "Consumado es". Dios quiera que no sepamos nada en medio de los pecadores excepto Cristo y él crucificado. Mírenlo a Él, y únicamente a Él y encontrarán el descanso para sus almas.

En cuanto a ustedes, mis hermanos y hermanas, que conocen a Cristo, tengo esto que decirles: mantengan esto a la vanguardia, y ninguna otra cosa sino sólo esto, porque es contra esto que el enemigo se enfurece. La parte de la línea de batalla que es atacada más fieramente por el enemigo, es ciertamente la más estratégica. Los hombres odian a aquellos a quienes temen. El antagonismo de los enemigos del Evangelio es principalmente contra la cruz. Desde el principio fue así. Ellos gritaban: "Que descienda ahora de la cruz para que veamos y creamos." Escribirán para nuestro beneficio bellas vidas de Cristo y nos dirán que fue un hombre excelente y darán a nuestro Señor el homenaje que sus labios de Judas pueden otorgarle; se referirán también a Su sermón del monte y dirán qué profundidad de percepción tuvo del corazón humano y nos dirán que enseñaba un espléndido código moral, y así sucesivamente. Dirán: "Seremos cristianos pero rechazamos totalmente el dogma de la expiación."

Nuestra respuesta es que nos importa un bledo lo que tengan que decir acerca de nuestro Señor si niegan Su sacrificio sustitutivo. Si le dan vino o vinagre, no es un tema relevante en tanto que rechacen lo que nos dice el Crucificado.

Las alabanzas de los incrédulos nos dan asco; ¿quién quiere escuchar las alabanzas a Dios provenientes de labios contaminados? Esas palabras dulzonas son muy semejantes a aquellas que salieron de la boca del diablo cuando dijo: "Yo sé quién eres: ¡el Santo de Dios!" Jesús le reprendió diciendo: "¡Cállate y sal de él!" De la misma manera queremos decirles a los incrédulos que exaltan la vida de Cristo: ¡Cállate! Conocemos tu enemistad, aunque la disfraces como quieras. O Jesús es el Salvador de los hombres o no es nada; si no aceptan a Cristo crucificado, no lo pueden aceptar de ninguna otra manera.

Mis hermanos en Jesús, los invito a gloriarnos en la sangre de Jesús; hagan que sea manifiesta como si hubiese sido rociada en el dintel y en los dos postes laterales de nuestras puertas y dejemos que el mundo sepa que la redención por medio de la sangre está escrita en las más íntimas partes de las tablas de nuestros corazones. Hermanos, éste es el punto de prueba de cada maestro. Cuando un pescado se descompone, comienza a apestar por la cabeza, según dicen, y ciertamente cuando un predicador se vuelve un hereje, siempre es en relación con Cristo. Si no entiende con claridad a Jesús crucificado -y escuchas uno de sus sermones-, ésa es tu mala suerte; pero si regresaras para escucharlo de nuevo y oyeras un sermón igual al primero, entonces ésa sería culpa tuya: si fueras por tercera vez, habrías cometido un crimen. Si algún hombre tiene dudas acerca de Cristo crucificado, que recuerde los versos de Hart, porque dicen la verdad:

"No puedes tener razón en todo lo demás,a menos que pienses la verdad acerca de Él."

No quiero examinar a los hombres en relación con las doctrinas de la Confesión de Fe de Westminster. Yo comienzo aquí: "¿Qué piensas tú de Cristo?" Si no puedes contestar esa pregunta, anda y publica tus puntos de vista donde quieras, pero tú y yo estamos tan separados como lo están los polos, y no deseo tener ninguna comunión contigo. Debemos de hablar muy claramente aquí.

Es "Cristo crucificado" lo que Dios bendice para conversión. Dios bendijo a William Huntingdon para convertir almas por su medio: estoy seguro de eso, aunque no soy un partidario de Huntingdon. Dios bendijo a John Wesley para convertir almas por su medio: también me queda muy claro eso, aunque no soy un partidario de Wesley. Dios bendijo a ambos en tanto dieron testimonio de Cristo; y encontrarán que en la proporción que la expiación de Cristo esté presente en un sermón, es la sangre vital de ese sermón, y eso es lo que Dios santifica para la conversión de los hijos de los hombres. Por tanto, ten el tema siempre en un lugar muy prominente.

Y ahora les pregunto, hermanos míos, una cosa más: ¿No es acaso Cristo y Él crucificado la cosa por la que debemos vivir y por la que debemos morir? Los hombres del mundo pueden vivir para sus vanidades; pueden sentir mucho gozo bajo sus respectivas calabaceras, como la de Jonás, mientras les duren; pero cuando un hombre tiene depresión de espíritu y es torturado en su cuerpo, ¿adónde puede mirar? Si es un cristiano, ¿en dónde puede refugiarse? ¡En dónde más sino en Cristo crucificado! Cuán a menudo he sentido mucho gozo al arrastrarme para entrar al templo y ponerme en los zapatos del pobre publicano y decir: "Dios, sé propicio a mí, que soy pecador", mirando únicamente a ese propiciatorio rociado con la preciosa sangre de Jesús. Esto es lo que servirá a la hora de la muerte.

No creo que a la hora de nuestra muerte busquemos el consuelo de nuestras peculiares iglesias; ni vamos a morir aferrados a las puras ordenanzas o a las doctrinas, en medio de los estertores de la muerte. Nuestra alma debe de vivir y morir por Jesús crucificado. Miren a todos los santos al momento de su muerte, y verán que regresan al gran sacrificio del Calvario. Ellos creían en una gran variedad de cosas; algunos de ellos se apoyaban en muchas muletas y caprichos y rarezas, pero el punto principal prevalece a la hora de la muerte. "Jesús murió por mí, Jesús murió por mí", todos llegan a eso.

Bien, ¿no te parecería bueno ir desde el principio al punto al que han llegado ellos al final? Y si ese punto es la base de todo, y ciertamente lo es, ¿no sería adecuado que nos apegáramos a él? Mientras algunos se glorían en esto y otros se glorían en aquello, y algunos tienen una forma de culto, y otros, otra forma, nosotros digamos: "Pero lejos esté de mí el gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por medio de quien el mundo me ha sido crucificado a mí y yo al mundo."

Hermanos, les recomiendo que hagan cada vez más prominente la cruz de Cristo, porque es lo que nos dará más cohesión y nos mantendrá en una bendita unidad. No todos podemos entender esas verdades sutiles que dependen tanto de bonitas variaciones y esas sutilezas de significado en el griego que sólo los críticos pueden descubrir. Si buscas estas bellezas, hermano, entonces debes de olvidarte de muchos de nosotros, pobres tontos, porque no podemos correr tras ellas y sólo nos confundirás. Sé que tienes ese delicado concepto bellamente fijado en tu mente y lo tienes en muy alta estima, y no me sorprende, ya que te ha costado mucha reflexión y muestra tu poder de discernimiento. Al mismo tiempo, ¿no crees que debes de bajar al nivel de algunos de nosotros, que nunca podremos alcanzar esos temas intrincados mientras vivamos? Algunos de nuestros cerebros son ordinarios. Tenemos que ganar nuestro pan y relacionarnos con gente ordinaria; sabemos que dos por dos hacen cuatro; pero no estamos familiarizados con los principios tan escondidos y ocultos en la alta filosofía a la que ustedes han subido. Yo no sé mucho de eso, yo no me remonto a esas alturas y nunca subiré allí con ustedes. Por lo tanto, ¿no sería mejor por la unidad de la fe que dejaran estos temas de lado, que practicaran más la amistad en casa, que mostraran más amor hacia sus colegas cristianos y que se aplicaran un poco más hacia los deberes de naturaleza más común? Sólo les haría un gran bien, y haría un poco más visible su humildad, si se quedaran allá abajo con Jesucristo y él crucificado.

Personalmente puedo saber muchas cosas; especialmente yo podría hacerlo, ya que todo mundo trata de enseñarme algo. Recibo carretadas de consejos: uno me jala de esta oreja y el otro me jala de la otra. Bien, yo podría saber mucho, pero me doy cuenta de que tendría que dejar a algunos de ustedes atrás si quisiera ir tras esas cosas, y los amo demasiado para hacer eso. Tengo la determinación de no saber nada entre ustedes excepto a Jesucristo y Él crucificado. A cualquier hombre que se sujete a eso le diré: "Dame tu mano, mi hermano, Jesús la lavó con Su sangre de la misma manera que lavó la mía. Ven, hermano, y miremos juntos a la misma cruz. ¿Qué piensas de ella? Hay una lágrima en tu ojo, y hay una lágrima en el mío, pero nuestros rostros se sonrojan de gozo a causa del profundo amor que clavó a Jesús allí. ¿Qué haremos con esta cruz frente a nosotros?"

Mi hermano dice: "Yo me iré a ganar almas." Le respondo: "yo también." Mi hermano dice: "Yo tengo una forma de hablar", y yo le contesto: "Yo tengo otra manera, pues nuestros dones son diferentes, pero nunca chocaremos, ya que servimos a un solo Señor y a un solo Dios, y no seremos divididos, ni en este mundo presente ni en el venidero." Dejen que Apolo diga lo que quiera, o Pablo o Pedro, y aprenderemos de todos ellos; nos dará mucho gusto hacerlo. Pero, de todos modos, no nos moveremos de la cruz, sino que estaremos muy firmes allí, ya que Jesús es el primero y el último, el Alfa y la Omega. Amén.

miércoles 7 de mayo de 2008

Que hacer cuando no hay una Iglesia fiel donde vives

Consejos Sanos en una Carta por John Knox dirigida a sus hermanos en Escocia

por John Knox (7 de Julio de 1556).

Mis queridos Hermanos, no tanto para instruirles como en dejarles algo del testimonio de mi amor por ustedes, he tenido como algo bueno en comunicarles mis débiles consejos de cómo quiero que se conduzcan en medio de esta generación maligna y perversa, tocante al ejercicio de la más santísima Palabra de Dios, sin la cual ni puede aumentar el conocimiento, ni puede manifestarse la piedad, ni puede continuar el fervor espiritual entre vosotros. Porque como la Palabra de Dios es el principio de la vida espiritual, sin la cual toda carne está muerta en la presencia de Dios, y como es lámpara a nuestros pies sin cuyo resplandor toda la posteridad de Adán camina en tinieblas; y como es el fundamento de la fe, sin la cual ningún hombre puede comprender la buena voluntad de Dios, así también es el único órgano e instrumento que Dios usa para fortalecer a los débiles, para consolar a los afligidos, para traer bajo misericordia por el arrepentimiento aquellos que se han desviado, y finalmente para preservar y guardar la misma vida en el alma contra todo asalto y tentación.

Por tanto, si queréis que vuestro conocimiento crezca, que vuestra fe sea confirmada, que vuestras conciencias sean aquietadas y consoladas, o que finalmente la vida se preserve en vuestra alma, mirad que os ejercitéis frecuentemente en la ley del Señor vuestro Dios. No tengáis en poco los preceptos que Moisés dio a los Israelitas en estas palabras, “Estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” (Deut. 6:6-9). Y Moisés, en otro lugar, les mandó en “acordarse de la ley del Señor Dios, en hacerla para que les vaya bien a ellos y sus hijos en la tierra que el Señor su Dios les daría.” Dando a entender, que así como frecuencia de recordar y de repetir los preceptos de Dios es el medio por el cual el temor de Dios (que es el principio de toda sabiduría y dicha), se mantiene vivo en la mente; así también la negligencia y el olvido de los beneficios recibidos de Dios es el primer paso para alejarse de Dios.

Ahora, si la Ley, la cual por causa de nuestra debilidad no obra cosa alguna mas que ira y enojo, fue tan eficaz (que recordada y repetida para hacerla) trajo al pueblo una bendición corporal, ¿qué diremos qué no traerá el glorioso Evangelio de Cristo Jesús cuando se trata con reverencia? Pablo le llama olor de vida para aquellos que recibirán vida, usando la semejanza de hierbas aromáticas o ungüentos preciosos, cuya naturaleza es que cuantos más estos se frotan envían su aroma más agradable y deleitable; así también, amados hermanos, es el bendito Evangelio de Jesús nuestro Señor. Porque cuanto más lo tratamos, más confortable y agradable es para aquellos que lo escuchan, lo leen, o se ejercitan en el mismo. No ignoro, que como los israelitas se fastidiaron del maná, porque era lo único que veían y comían a diario, así también ahora hay algunos que después de leer algunas porciones de la Escritura, se vuelven del todo a escritores profanos o escritos humanos. Porque la variedad de asuntos que estos contienen traen con ello deleite diario. Por otro lado dentro de las Escrituras de Dios que no tienen mucho adorno humano en si, la repetición de una cosa les es fastidiosa y cansada. Confieso que esta tentación puede entrar en los mismos elegidos por un tiempo, pero es imposible que continúen en ello hasta al fin. Porque los elegidos de Dios, además de otras señales evidentes, tienen siempre esta unida con las demás, que los elegidos de Dios son llamados fuera de la ignorancia (hablo de los que ya tienen edad de comprensión) para gustar y sentir algo de la misericordia de Dios, de la cual nunca están satisfechos en esta vida, sino que ocasionalmente tiene hambre y sed para comer el pan que descendió del cielo y beber el agua que salta para vida eterna. Lo cual no pueden hacer más que por el medio o el instrumento de la Fe, y la Fe siempre mira a la voluntad de Dios revelada por la Palabra, de manera que la Fe tiene tanto su principio como su continuación por la Palabra de Dios. Y por eso digo, que es imposible que los hijos escogidos de Dios puedan despreciar o rechazar la palabra de su salvación por mucho tiempo, como tampoco pueden fastidiarse de ella al final.

Es cosa común que los elegidos de Dios son mantenidos en tal esclavitud y servidumbre, de tal manera que ellos no pueden conseguir que se les imparta el pan de vida, como tampoco tienen la libertad para ejercitarse ellos mismos en la Palabra de Dios. Pero ellos no se fastidian, antes bien anhelan con gusto el alimento de sus almas, antes bien acusan su negligencia anterior, antes bien lamentan la miserable aflicción de sus hermanos, y claman y piden en sus corazones ( y también en público donde pueden) que corra libremente el Evangelio. Esta hambre y sed confirma que hay vida en sus almas. Pero si tales hombres, que teniendo la libertad para leer y ejercitarse asimismo en las Sagradas Escrituras, comienzan a fatigarse porque casi siempre leen lo mismo, yo les pregunto, ¿Por qué no se cansan también de comer a diario pan? ¿Por qué no se cansan de beber a diario vino [no el tipo de bebidas alcohólicas de hoy día]? ¿Por qué no se cansan de mirar a diario el resplandor del sol? ¿Y por qué no se cansan de usar el resto de las criaturas de Dios que mantienen a diario su propia sustancia, curso y naturaleza? Pienso que responderán: “Pues tales criaturas tienen un poder [cuantas veces son usadas para quitar el hambre y la sed y para infundir aliento y fuerzas y] para preservar la vida.” ¡Oh, miserables criaturas! ¡Quién se atreve a atribuirle más poder y fuerza a criaturas corruptibles en nutrir y preservar el cuerpo humano mortal, que a la Palabra eterna de Dios en nutrir el alma que es inmortal! El querer razonar con su abominable ingratitud no es ahora mi propósito. Pero a vosotros, queridos Hermanos, les comparto mi conocimiento y les abro mi conciencia, que así como tan necesario es el uso de la comida y de la bebida para preservar la vida corporal, y así como tan necesario es el calor y la luz del sol para dar vida a la hierba y para disipar las tinieblas; así también es necesaria para la vida eterna y para la iluminación y luz del alma la meditación, ejercicio y uso perpetuo de la sagrada Palabra de Dios.

Por tanto, queridos Hermanos, si anheláis la vida venidera, por necesidad debéis ejercitaros vosotros mismos en el Libro del Señor vuestro Dios. Que no pase ni un día sin que recibáis algún consuelo de la boca de Dios. Abrid vuestros oídos, y El hablará cosas deleitables a vuestro corazón. No cerréis vuestros ojos, antes bien que con diligencia contempléis qué porción substanciosa os es dejada en el testamento de vuestro Padre. Que vuestras lenguas aprendan a ensalzar Su tierna bondad, cuya sola misericordia os ha llamado de las tinieblas a la luz, y de la muerte a la vida. Tampoco hagáis esto tan privadamente que no admita testigos. No, Hermanos, el Señor Dios os manda que gobernéis vuestras casas en su verdadero temor y de acuerdo a su Palabra. Dentro de vuestras casas, digo, en algunos casos, sois obispos y reyes; vuestra esposa, hijos y familia es vuestro obispado y cargo. De esto se os pedirá cuenta de cuanto cuidado y diligencia usasteis para instruirlos en el conocimiento verdadero de Dios, de cómo procurasteis implantar virtudes y reprimir vicios. Por tanto, digo, que debéis hacerlos partícipes de la lectura, de la exhortación, y de la oraciones comunes, lo cual debería hacerse en cada hogar por lo menos una vez al día. Pero, por encima de todo, queridos Hermanos, procurad en practicar a diario y en vivir lo que manda la Palabra de Dios, y entonces comprobaréis que nunca oiréis ni leeréis lo mismo sin que obtengáis algún fruto. Creo que esto es suficiente para los ejercicios dentro de vuestro hogar.

Considerando que Pablo llama a la congregación “el cuerpo de Cristo,” del cual cada uno de nosotros somos un miembro, y enseñándonos con esto que ningún miembro puede sustentarse y alimentarse por si mismo sin la ayuda y el apoyo de otro; creo que es necesario que se tengan estudios y conferencias sobre las Escrituras como reuniones entre hermanos. Como Pablo nos da el orden que se debe observar para esto [1 Cor. 14:26-29], solo quiero señalar que cuando os reunáis, que sería bueno hacerlo una vez a la semana, que vuestro comienzo fuese confesando vuestras ofensas e implorando que el Espíritu del Señor Jesús os asista en todos vuestros proyectos y metas espirituales. Después que se lea alguna porción de las Escrituras clara y modestamente, tanto que se crea suficiente para esa ocasión o tiempo. Cuando se haiga terminado, si algún hermano tiene exhortación, pregunta, o duda que no tenga temor en hablar o tratarla allí mismo, haciéndolo con moderación, ya sea para edificar o para edificarse. Y de esto no dudo que vendrá gran provecho. Porque, primero, al oír, leer, y estudiar las Escrituras en éstas reuniones, ayudarán a examinar el juicio y la actitud de las personas, su paciencia y modestia serán conocidas, y finalmente se exhibirán sus dones y expresiones. Por otro lado deben evitarse en toda ocasión y en todo lugar el palabrerío, las interpretaciones largas y aburridas y la terquedad en puntos controvertidos. Pero por encima de todo cuando se reúnan como iglesia, allí nada debe tenerse en cuenta más que la gloria de Dios y el consuelo o edificación de los hermanos.

Si algo brota del texto en discusión o en el debate que vuestro juicio no puede resolver o vuestras facultades no pueden captar, que eso se anote y se escriba antes de despedir la reunión, para que cuando Dios provea solución al asunto, vuestras dudas que brotaron sean resueltas con más facilidad. Por otro lado si tenéis la oportunidad de escribir o comunicaros con otros, vuestras cartas manifestarán vuestro gran deseo que tenéis de Dios y de su verdadera religión. No dudo que ellos según sus talentos procurarán y os otorgarán su fiel trabajo para satisfacer vuestras peticiones devotas. En cuanto a mismo hablo lo que pienso: emplearía quince horas con gran gusto (según le plazca a Dios en darme de su iluminación) para explicarles alguna porción de las Escrituras, que gastar media hora en otra cosa.

Además, me gustaría, que en la lectura de las Escrituras, tomen juntos algunos libros del Antiguo Testamento y algunos del Nuevo, como Génesis y alguno de los Evangelios, Éxodo con otro libro, etc., pero siempre terminando los libros que comenzasteis (según permita el tiempo). Pues os confortará el oír la armonía y acuerdo del Espíritu Santo hablando en nuestros padres desde el principio. Os confirmará en estos días peligrosos al contemplar la faz de Jesucristo, el amado esposo, y su iglesia, desde Abel hasta Cristo mismo, y de Cristo hasta este día, que hay unidad y un mismo propósito en todas las generaciones. Estudiad con frecuencia los Profetas y las Epístolas de Pablo. Pues la abundancia de asuntos muy confortadores que se hallan allí requiere ejercicio y buena memoria. De igual manera así como vuestras reuniones deben comenzar con confesión y suplica del Espíritu de Dios, así también deberían terminar con acción de gracias y ruegos por los gobernantes y magistrado, por la libertad del Evangelio de Cristo que corra libremente, por el consuelo y libertad de nuestros hermanos que aún están bajo tiranía y servidumbre, y por otras tales cosas que el Espíritu del Señor Jesucristo os enseñe que os es provechoso, ya sea para vosotros mismos, o para vuestros hermanos dondequiera que estén.

Si así (o aún mejor) oigo que os ejercitáis vosotros mismos, queridos Hermanos, entonces alabaré a Dios por vuestra gran obediencia, como también por aquellos que han recibido la palabra de gracia no solo con gozo, pero también con solicitud y diligencia, y guardan la misma como un tesoro y una joya preciosísima. Y porque no tengo sospechas de que haréis lo contrario, no usaré amenazas. Pues mis esperanzas sinceras son que caminaréis como hijos de luz en medio de ésta generación perversa, que seréis como estrellas durante la noche (que no se vuelven tinieblas), que seréis como trigo entre la cizaña, y que sin embargo no cambiaréis vuestra naturaleza que recibisteis por gracia, a través de la comunión y participación que tenemos con el Señor Jesucristo en su cuerpo y en su sangre. Y finalmente, que seréis del número de las vírgenes prudentes, que a diario arreglan y llenan sus lámparas con aceite, mientras que aguardan con paciencia la aparición gloriosa y venida del Señor Jesucristo, cuyo Espíritu omnipotente gobierne e instruya, ilumine y consuele vuestras mentes y corazones en toda prueba ahora y para siempre. Amen.

La gracia del Señor Jesucristo repose con vosotros.
Acordaos de mis debilidades en vuestras oraciones. 7 de Julio de 1556.
Vuestro sincero hermano,
JOHN KNOX

sacado de: http://www.iglesiareformada.com/Knox_Iglesia_Fiel.html

miércoles 9 de abril de 2008

EPÍSTOLA A DIOGNETO


Les comparto esta carta escrita por un discípulo de los apóstoles (que a la fecha es desconocido el autor; sólo él hace referencia de sí mismo, como maestro de los gentiles y discipulo de los apóstoles), escrita en el tiempo en que la iglesia era perseguida (la verdad es que siempre lo ha sido, cuando se sostiene la verdad genuina de Dios, el Verbo viviente). Es una carta muy hermosa y se que les va ha gustar mucho; leanla con calma y con el corazón abierto y se gozaran como yo lo he hecho en más de una oportunidad con ella. Es una carta muy bella y clara: es de un hombre genuino hijo de nuestro Padre, es decir, un hermano en la Verdad. Se estima que está escrita entre el siglo II ó III, a un tal DIOGNETO (desconocido también hasta hoy), donde él autor expone muy inteligentemente y sabiamente el verdadero cristianismo. Quise agregar algunos comentarios, pero la verdad; es que prefiero que la disfruten sin ellos y que el Santo le revele sus perlas preciosas en ella.



EPÍSTOLA A DIOGNETO

I. Como veo, muy excelente Diogneto, que tienes gran interés en comprender la religión de los cristianos, y que tus preguntas respecto a los mismos son hechas de modo preciso y cuidadoso, sobre el Dios en quien confían y cómo le adoran, y que no tienen en consideración el mundo y desprecian la muerte, y no hacen el menor caso de los que son tenidos por dioses por los griegos, ni observan la superstición de los judíos, y en cuanto a la naturaleza del afecto que se tienen los unos por los otros, y de este nuevo desarrollo o interés, que ha entrado en las vidas de los hombres ahora, y no antes: te doy el parabién por este celo, y pido a Dios, que nos proporciona tanto el hablar como el oír, que a mí me sea concedido el hablar de tal forma que tú puedas ser hecho mejor por el oír, y a ti que puedas escuchar de modo que el que habla no se vea decepcionado.

II. Así pues, despréndete de todas las opiniones preconcebidas que ocupan tu mente, y descarta el hábito que te extravía, y pasa a ser un nuevo hombre, por así decirlo, desde el principio, como uno que escucha una historia nueva, tal como tú has dicho de ti mismo. Mira no sólo con tus ojos, sino con tu intelecto también, de qué sustancia o de qué forma resultan ser estos a quienes llamáis dioses y a los que consideráis como tales. ¿No es uno de ellos de piedra, como la que hollamos bajo los pies, y otro de bronce, no mejor que las vasijas que se forjan para ser usadas, y otro de madera, que ya empieza a ser presa de la carcoma, y otro de plata, que necesita que alguien lo guarde para que no lo roben, y otro de hierro, corroído por la herrumbre, y otro de arcilla, material no mejor que el que se utiliza para cubrir los servicios menos honrosos? ¿No son de materia perecedera? ¿No están forjados con hierro y fuego? ¿No hizo uno el escultor, y otro el fundidor de bronce, y otro el platero, y el alfarero otro? Antes de darles esta forma la destreza de estos varios artesanos, ¿no le habría sido posible a cada uno de ellos cambiarles la forma y hacer que resultaran utensilios diversos? ¿No sería posible que las que ahora son vasijas hechas del mismo material, puestas en las manos de los mismos artífices, llegaran a ser como ellos? ¿No podrían estas cosas que ahora tú adoras ser hechas de nuevo vasijas como las demás por medio de manos de hombre? ¿No son todos ellos sordos y ciegos, no son sin alma, sin sentido, sin movimiento? ¿No se corroen y pudren todos ellos? A estas cosas llamáis dioses, de ellas sois esclavos, y las adoráis; y acabáis siendo lo mismo que ellos. Y por ello aborrecéis a los cristianos, porque no consideran que éstos sean dioses. Porque, ¿no los despreciáis mucho más vosotros, que en un momento dado les tenéis respeto y los adoráis? ¿No os mofáis de ellos y los insultáis en realidad, adorando a los que son de piedra y arcilla sin protegerlos, pero encerrando a los que son de plata y oro durante la noche, y poniendo guardas sobre ellos de día, para impedir que os los roben? Y, por lo que se refiere a los honores que creéis que les ofrecéis, si son sensibles a ellos, más bien los castigáis con ello, en tanto que si son insensibles les reprocháis al propiciarles con la sangre y sebo de las víctimas. Que se someta uno de vosotros a este tratamiento, y que sufra las cosas que se le hacen a él. Sí, ni un solo individuo se someterá de buen grado a un castigo así, puesto que tiene sensibilidad y razón; pero una piedra se somete, porque es insensible. Por tanto, desmentís su sensibilidad. Bien; podría decir mucho más respecto a que los cristianos no son esclavos de dioses así; pero aunque alguno crea que lo que ya he dicho no es suficiente, me parece que es superfluo decir más.

III. Luego, me imagino que estás principalmente deseoso de oír acerca del hecho de que no practican su religión de la misma manera que los judíos. Los judíos, pues, en cuanto se abstienen del modo de culto antes descrito, hacen bien exigiendo reverencia a un Dios del universo y al considerarle como Señor, pero en cuanto le ofrecen este culto con métodos similares a los ya descritos, están por completo en el error. Porque en tanto que los griegos, al ofrecer estas cosas a imágenes insensibles y sordas, hacen una ostentación de necedad, los judíos, considerando que están ofreciéndolas a Dios, como si El estuviera en necesidad de ellas, deberían en razón considerarlo locura y no adoración religiosa. Porque el que hizo los cielos y la tierra y todas las cosas que hay en ellos, y nos proporciona todo lo que necesitamos, no puede Él mismo necesitar ninguna de estas cosas que El mismo proporciona a aquellos que se imaginan que están dándoselas a Él. Pero los que creen que le ofrecen sacrificios con sangre y sebo y holocaustos, y le honran con estos honores, me parece a mí que no son en nada distintos de los que muestran el mismo respeto hacia las imágenes sordas; porque los de una clase creen apropiado hacer ofrendas a cosas incapaces de participar en el honor, la otra clase a uno que no tiene necesidad de nada.

IV. Pero, además, sus escrúpulos con respecto a las carnes, y su superstición con referencia al sábado y la vanidad de su circuncisión y el disimulo de sus ayunos y lunas nuevas, yo [no] creo que sea necesario que tú aprendas a través de mí que son ridículas e indignas de consideración alguna. Porque, ¿no es impío el aceptar algunas de las cosas creadas por Dios para el uso del hombre como bien creadas, pero rehusar otras como inútiles y superfluas? Y, además, el mentir contra Dios, como si Él nos prohibiera hacer ningún bien en el día de sábado, ¿no es esto blasfemo? Además, el alabarse de la mutilación de la carne como una muestra de elección, como si por esta razón fueran particularmente amados por Dios, ¿no es esto ridículo? Y en cuanto a observar las estrellas y la luna, y guardar la observancia de meses y de días, y distinguir la ordenación de Dios y los cambios de las estaciones según sus propios impulsos, haciendo algunas festivas y otras períodos de luto y lamentación, ¿quién podría considerar esto como una exhibición de piedad y no mucho más de necedad? El que los cristianos tengan razón, por tanto, manteniéndose al margen de la insensatez y error común de los judíos, y de su excesiva meticulosidad y orgullo, considero que es algo en que ya estás suficientemente instruido; pero, en lo que respecta al misterio de su propia religión, no espero que puedas ser instruido por ningún hombre.
V. Porque los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres. Porque no residen en alguna parte en ciudades suyas propias, ni usan una lengua distinta, ni practican alguna clase de vida extraordinaria. Ni tampoco poseen ninguna invención descubierta por la inteligencia o estudio de hombres ingeniosos, ni son maestros de algún dogma humano como son algunos. Pero si bien residen en ciudades de griegos y bárbaros, según ha dispuesto la suene de cada uno, y siguen las costumbres nativas en cuanto a alimento, vestido y otros arreglos de la vida, pese a todo, la constitución de su propia ciudadanía, que ellos nos muestran, es maravillosa (paradójica), y evidentemente desmiente lo que podría esperarse. Residen en sus propios países, pero sólo como transeúntes; comparten lo que les corresponde en todas las cosas como ciudadanos, y soportan todas las opresiones como los forasteros. Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia (abortos). Celebran las comidas en común, pero cada uno tiene su esposa. Se hallan en la carne, y, con todo, no viven según la carne. Su existencia es en la tierra, pero su ciudadanía es en el cielo. Obedecen las leyes establecidas, y sobrepasan las leyes en sus propias vidas. Aman a todos los hombres, y son perseguidos por todos. No se hace caso de ellos, y, pese a todo, se les condena. Se les da muerte, y aun así están revestidos de vida. Piden limosna, y, con todo, hacen ricos a muchos. Se les deshonra, y, pese a todo, son glorificados en su deshonor. Se habla mal de ellos, y aún así son reivindicados. Son escarnecidos, y ellos bendicen; son insultados, y ellos respetan. Al hacer lo bueno son castigados como malhechores; siendo castigados se regocijan, como si con ello se les reavivara. Los judíos hacen guerra contra ellos como extraños, y los griegos los persiguen, y, pese a todo, los que los aborrecen no pueden dar la razón de su hostilidad.

VI. En una palabra, lo que el alma es en un cuerpo, esto son los cristianos en el mundo. El alma se desparrama por todos los miembros del cuerpo, y los cristianos por las diferentes ciudades del mundo. El alma tiene su morada en el cuerpo, y, con todo, no es del cuerpo. Así que los cristianos tienen su morada en el mundo, y aun así no son del mundo. El alma que es invisible es guardada en el cuerpo que es visible; así los cristianos son reconocidos como parte del mundo, y, pese a ello, su religión permanece invisible. La carne aborrece al alma y está en guerra con ella, aunque no recibe ningún daño, porque le es prohibido permitirse placeres; así el mundo aborrece a los cristianos, aunque no recibe ningún daño de ellos, porque están en contra de sus placeres. El alma ama la carne, que le aborrece y (ama también) a sus miembros; así los cristianos aman a los que les aborrecen. El alma está aprisionada en el cuerpo, y, con todo, es la que mantiene unido al cuerpo; así los cristianos son guardados en el mundo como en una casa de prisión, y, pese a todo, ellos mismos preservan el mundo. El alma, aunque en sí inmortal, reside en un tabernáculo mortal; así los cristianos residen en medio de cosas perecederas, en tanto que esperan lo imperecedero que está en los cielos. El alma, cuando es tratada duramente en la cuestión de carnes y bebidas, es mejorada; y lo mismo los cristianos cuando son castigados aumentan en número cada día. Tan grande es el cargo al que Dios los ha nombrado, y que miles es legítimo declinar.

VII. Porque no fue una invención terrenal, como dije, lo que les fue encomendado, ni se preocupan de guardar tan cuidadosamente ningún sistema de opinión mortal, ni se les ha confiado la dispensación de misterios humanos. Sino que, verdaderamente, el Creador Todopoderoso del universo, el Dios invisible mismo de los cielos plantó entre los hombres la verdad y la santa enseñanza que sobrepasa la imaginación de los hombres, y la fijó firmemente en sus corazones, no como alguien podría pensar, enviando (a la humanidad) a un subalterno, o a un ángel, o un gobernante, o uno de los que dirigen los asuntos de la tierra, o uno de aquellos a los que están confiadas las dispensaciones del cielo, sino al mismo Artífice y creador del universo, por quien Él hizo los cielos, y por quien Él retuvo el mar en sus propios límites, cuyos misterios (ordenanzas) observan todos los elementos fielmente, de quien [el sol] ha recibido incluso la medida de su curso diario para guardarlo, a quien la luna obedece cuando Él le manda que brille de noche, a quien las estrellas obedecen siguiendo el curso de la luna, por el cual fueron ordenadas todas las cosas y establecidos y puestos en sujeción, los cielos y las cosas que hay en los cielos, la tierra y las cosas que hay en la tierra, el mar y las cosas que hay en el mar, fuego, aire, abismo, las cosas que hay en las alturas, las cosas que hay en lo profundo, las cosas que hay entre los dos. A éste les envió Dios. ¿Creerás, como supondrá todo hombre, que fue enviado para establecer su soberanía, para inspirar temor y terror? En modo alguno. Sino en mansedumbre y humildad fue enviado. Como un rey podría enviar a su hijo que es rey; Él le envió como enviando a Dios; le envió a El como [un hombre] a los hombres; le envió como Salvador, usando persuasión, no fuerza; porque la violencia no es atributo de Dios. El le envió como invitándonos, no persiguiéndonos; Él le envió como amándonos, no juzgándonos. Porque Él enviará en juicio, y ¿quién podrá resistir su presencia?... ¿[No ves] que los echan a las fieras para que nieguen al Señor, y, con todo, no lo consiguen? ¿No ves que cuanto más los castigan, tanto más abundan? Estas no son las obras del hombre; son el poder de Dios; son pruebas de su presencia.

VIII. Porque, ¿qué hombre tenía algún conocimiento de lo que Dios es, antes de que Él viniera? ¿O aceptas tú las afirmaciones vacías y sin sentido de los filósofos presuntuosos, de los cuales, algunos dijeron que Dios era fuego (invocan como Dios a aquello a lo cual irán ellos mismos), y otros agua, y otros algún otro de los elementos que fueron creados por Dios? Y, pese a todo, si alguna de estas afirmaciones es digna de aceptación, cualquier otra cosa creada podría lo mismo ser hecha Dios. Sí, todo esto es charlatanería y engaño de los magos; y ningún hombre ha visto o reconocido a Dios, sino que El se ha revelado a sí mismo. Y El se reveló (a sí mismo) por fe, sólo por la cual es dado el ver a Dios. Porque Dios, el Señor y Creador del universo, que hizo todas las cosas y las puso en orden, demostró no sólo que era propicio al hombre, sino también paciente. Y así lo ha sido siempre, y lo es, y lo será, bondadoso y bueno y justo y verdadero, y El sólo es bueno. Y habiendo concebido un plan grande e inefable, lo comunicó sólo a su Hijo. Porque en tanto que El había mantenido y guardado este plan sabio como un misterio, parecía descuidarnos y no tener interés en nosotros. Pero cuando Él lo reveló por medio de su amado Hijo, y manifestó el propósito que había preparado desde el principio, Él nos dio todos estos dones a la vez, participación en sus beneficios y vista y entendimiento de (misterios) que ninguno de nosotros habría podido esperar.

IX. Habiéndolo, pues, planeado ya todo en su mente con su Hijo, permitió durante el tiempo antiguo que fuéramos arrastrados por impulsos desordenados según deseábamos, descarriados por placeres y concupiscencias, no porque Él se deleitara en nuestros pecados en absoluto, sino porque Él tenía paciencia con nosotros; no porque aprobara este período pasado de iniquidad, sino porque Él estaba creando la presente sazón de justicia, para que, redargüidos del tiempo pasado por nuestros propios actos como indignos de vida, pudiéramos ahora ser hechos merecedores de la bondad de Dios, y habiendo dejado establecida nuestra incapacidad para entrar en el reino de Dios por nuestra cuenta, hacerlo posible por la capacidad de Dios. Y cuando nuestra iniquidad había sido colmada plenamente, y se había hecho perfectamente manifiesto que el castigo y la muerte eran de esperar como su recompensa, y hubo llegado la sazón que Dios había ordenado, cuando a partir de entonces Él manifestaría su bondad y poder (oh la bondad y amor de Dios sobremanera grande), Él no nos aborreció, ni nos rechazó, ni nos guardó rencor, sino que fue longánimo y paciente, y por compasión hacia nosotros tomó sobre sí nuestros pecados, y El mismo se separó de su propio Hijo como rescate por nosotros, el santo por el transgresor, el inocente por el malo, el justo por los injustos, lo incorruptible por lo corruptible, lo inmortal por lo mortal. Porque, ¿qué otra cosa aparte de su justicia podía cubrir nuestros pecados? ¿En quién era posible que nosotros, impíos y libertinos, fuéramos justificados, salvo en el Hijo de Dios? ¡Oh dulce intercambio, oh creación inescrutable, oh beneficios inesperados; que la iniquidad de muchos fuera escondida en un Justo, y la justicia de uno justificara a muchos que eran inicuos! Habiéndose, pues, en el tiempo antiguo demostrado la incapacidad de nuestra naturaleza para obtener vida, y habiéndose ahora revelado un Salvador poderoso para salvar incluso a las criaturas que no tienen capacidad para ello, Él quiso que, por las dos razones, nosotros creyéramos en su bondad y le consideráramos como cuidador, padre, maestro, consejero, médico, mente, luz, honor, gloria, fuerza y vida.
X. Si deseas poseer esta fe, has de recibir primero un conocimiento pleno del Padre. Porque Dios amó a los hombres, por amor a los cuales había hecho el mundo, a los cuales sometió todas las cosas que hay en la tierra, a los cuales dio razón y mente, a los cuales solamente permitió que levantaran los ojos al cielo, a quienes creó según su propia imagen, a quienes envió a su Hijo unigénito, a quienes Él prometió el reino que hay en el cielo, y lo dará a los que le hayan amado. Y cuando hayas conseguido este pleno conocimiento, ¿de qué gozo piensas que serás llenado, o cómo amarás a Aquel que te amó a ti antes? Y amándole serás un imitador de su bondad. Y no te maravilles de que un hombre pueda ser un imitador de Dios. Puede serlo si Dios quiere. Porque la felicidad no consiste en enseñorearse del prójimo, ni en desear tener más que el débil, ni en poseer riqueza y usar fuerza sobre los inferiores; ni puede nadie imitar a Dios haciendo estas cosas; sí, estas cosas se hallan fuera de su majestad. Pero todo el que toma sobre sí la carga de su prójimo, todo el que desea beneficiar a uno que es peor en algo en lo cual él es superior, todo el que provee a los que tienen necesidad las posesiones que ha recibido de Dios, pasa a ser un dios para aquellos que lo reciben de él, es un imitador de Dios. Luego, aunque tú estás colocado en la tierra, verás que Dios reside en el cielo; entonces empezarás a declarar los misterios de Dios; entonces amarás y admirarás a los que son castigados porque no quieren negar a Dios; entonces condenarás el engaño y el error en el mundo; cuando te des cuenta que la vida verdadera está en el cielo, cuando desprecies la muerte aparente que hay en la tierra, cuando temas la muerte real, que está reservada para aquellos que serán condenados al fuego eterno que castigará hasta el fin a los que sean entregados al mismo. Entonces admirarás a los que soportan, por amor a la justicia, el fuego temporal, y los tendrás por bienaventurados cuando veas que el fuego...
Epílogo
XI. Mis discursos no son extraños ni son perversas lucubraciones, sino que habiendo sido un discípulo de los apóstoles, me ofrecí como maestro de los gentiles, ministrando dignamente, a aquellos que se presentan como discípulos de la verdad, las lecciones que han sido transmitidas. Porque el que ha sido enseñado rectamente y ha entrado en amistad con el Verbo, ¿no busca aprender claramente las lecciones reveladas abiertamente por el Verbo a los discípulos; a quienes el Verbo se apareció y se las declaró, hablando con ellos de modo sencillo, no percibidas por los que no son creyentes, pero sí referidas por Él a los discípulos a quienes consideró fieles y les enseñó los misterios del Padre? Por cuya causa Él envió al Verbo, para que Él pudiera aparecer al mundo, el cual, siendo despreciado por el pueblo (judío), y predicado por los apóstoles, fue creído por los gentiles. Este Verbo, que era desde el principio, apareció ahora y, con todo, se probé que era antiguo, y es engendrado siempre de nuevo en los corazones de los santos. Este Verbo, digo, que es eterno, es el que hoy es contado como Hijo, a través del cual la Iglesia es enriquecida y la gracia es desplegada y multiplicada entre los santos, gracia que confiere entendimiento, que revela misterios, que anuncia sazones, que se regocija sobre los fieles, que es concedida a los que la buscan, a aquellos por los cuales no son quebrantadas las promesas de la fe, ni son sobrepasados los límites de los padres. Con lo que es cantado el temor de la ley, y la gracia de los profetas es reconocida, y la fe de los evangelios es establecida, y es preservada la tradición de los apóstoles, y exulta el gozo de la Iglesia. Si tú no contristas esta gracia, entenderás los discursos que el Verbo pone en la boca de aquellos que desea cuando Él quiere. Porque de todas las cosas que por la voluntad imperativa del Verbo fuimos impulsados a expresar con muchos dolores, de ellas os hicimos partícipes, por amor a las cosas que nos fueron reveladas.

XII. Confrontados con estas verdades y escuchándolas con atención, sabréis cuánto concede Dios a aquellos que (le) aman rectamente, que pasan a ser un Paraíso de deleite, un árbol que lleva toda clase de frutos y que florece, creciendo en sí mismos y adornados con vanos frutos. Porque en este jardín han sido plantados un árbol de conocimiento y un árbol de vida; con todo, el árbol de conocimiento no mata, pero la desobediencia mata; porque las escrituras dicen claramente que Dios desde el comienzo plantó un árbol [de conocimiento y un árbol] de vida en medio del Paraíso, revelando vida por medio del conocimiento; y como nuestros primeros padres no lo usaron de modo genuino, fueron despojados por el engaño de la serpiente. Porque ni hay vida sin conocimiento, ni conocimiento sano sin verdadera vida; por tanto, los (árboles) están plantados el uno junto al otro. Discerniendo la fuerza de esto y culpando al conocimiento que es ejercido aparte de la verdad de la influencia (dominio) que tiene sobre la vida, el apóstol dice: El conocimiento engríe, pero la caridad edifica. Porque el hombre que supone que sabe algo sin el verdadero conocimiento que es testificado por la vida, es ignorante, es engañado por la serpiente, porque no amó la vida; en tanto que el que con temor reconoce y desea la vida, planta en esperanza, esperando fruto. Que vuestro corazón sea conocimiento, y vuestra vida verdadera razón, debidamente comprendida. Por lo que si te allegas al árbol y tomas el fruto, recogerás la cosecha que Dios espera, que ninguna serpiente toca, ni engaño infecta, ni Eva es entonces corrompida, sino que es creída como una virgen, y la salvación es establecida, y los apóstoles son llenados de entendimiento, y la pascua del Señor prospera, y las congregaciones son juntadas, y [todas las cosas] son puestas en orden, y como El enseña a los santos el Verbo se alegra, por medio del cual el Padre es glorificado, a quien sea la gloria para siempre jamás. Amén.

Fuente: Los Padres Apostólicos, por J. B. Lightfoot. Editorial CLIE http://www.clie.es/